23 octubre 2016

Un día de bramidos


Lluvia... bruma... sol... frío... niebla... calor... ¡cambios! Los titanes del bosque caducifolio llevan casi un año esperando estos cambios. Saben que ha llegado el otoño... llevan meses preparándose: desde las cuerdas vocales hasta la última punta de la cornamenta, todo está listo para el gran espectáculo. 
¡Ha llegado la berrea del ciervo a los bosques británicos!

*         *         *

Contra el cielo que empieza a clarear se recortan las astas del dueño del bosque... 

... no se puede distinguir la noche del amanecer. La niebla es tan densa que lo único que se percibe con nitidez es el grave rugido del macho dominante

Aunque a nosotros la niebla no nos deja distinguir nada, cada uno de sus sentidos está percibiendo los más sutiles estímulos... la silueta de otro macho en el borde del territorio... una ráfaga de aire con el olor de una hembra en celo... un bramido especialmente desafiante en el otro lado del bosque... un pequeño claro en las nubes... ¿que podría dejar salir el sol? 

¡Así es! Y una vez el sol empieza a iluminar la bruma, todo el bosque se convierte en un escenario de cuento de hadas. Un macho sale al claro, briznas de hierba ondeando del asta como un estandarte dorado

¡Y el otro macho no tolerará intrusos! El duelo de bramidos llena el denso aire de la bruma naranja...

... pero la capa de niebla va retrocediendo. Los robles centenarios enmarcan al gran macho en una escena más propia del pleistoceno boreal que del siglo XXI

Un único rayo ilumina a este gigante, dejando el fondo otoñal en una sombra rojiza


Cada vez más machos se activan: frotan la cornamenta con los helechos y patrullan cada rincón del bosque empapando sus patas con el rocío de los helechos

Algunos son verdaderos titanes... el frío les obliga a tener ese abultado pelaje, pero es el peso de esas enormes astas el que les hace desarrollar ese potentísimo cuello 

Las hembras son mucho más estilizadas y discretas... Es fácil pasarlas por alto e irse directo a fotografiar los grandes machos, pero cuando te paras a observarlas en detalle empiezas a apreciar su elegante pero indudable belleza

 Y son por supuesto las hembras el objeto de la furia de los machos: deben mantener a los otros alejados de su harén hasta que todas las hembras entren en celo. Solo estarán receptivas para el apareamiento durante unas pocas horas...

A pesar de la carga hormonal y del estrés al que la berrea les somete, es admirable lo tranquilos que parecen los machos. En sus rondas territoriales siempre mantienen un paso noble y elegante, nunca les verás descoordinados o histéricos. ¡Siempre en control, siempre los dueños del bosque!

Son días muy largos para estos infatigables héroes. Es tal la intensidad de la berrea que prácticamente ni comen ni descansan para mantener su dominio. 

 Por eso, una vez termine el celo de las hembras, tendrán que pasar días enteros alimentándose y descansando para recuperar energía.

El verdadero disfrute viene cuando empiezas a reconocer cada individuo. ¡No hay dos iguales! Cada uno tiene su personalidad, sus costumbres... ¡su voz! 
Cuando escuché por primera vez el bramido de este macho, pensé -Meh, pues qué sosada... parece una vaca mugiend...- y de repente se aclaró la garganta y, a 8 metros de mí, bramó el ruido más grave y gutural que he escuchado nunca. El suelo vibraba. Me quedé de piedra... Ni disparé la cámara. ¡desde entonces, no he vuelto a ver los ciervos de la misma manera!

Pero los ciervos no eran los únicos confiados... este precioso arrendajo (Garrulus glandarius) saltaba de rama en rama enseñando sus resplandecientes plumas turquesas. 

Después de un día de sol, nubes vuelven a cubrir el cielo. Este tiempo cambiante tan otoñal desata más aún las hormonas de los machos. Tenía muchas ganas de ver alguno con la cabeza llena de helechos. ¡Éste era el momento! Además, la propia vegetación de la que había sacado su adorno creaba un desenfoque en primer plano que me ayudó a "completar" la imagen

El porrón moñudo (Aythya fuligula) de un pequeño lago también estaba colaborador... aunque juzgando por las nubes que se estaban formando, pronto su plumaje tendría más gotas que las de sus zambullidas...

Caen las primeras gotas y los decibelios empiezan a subir. -¡MI territorio! ¡MI bosque! ¿Alguien quiere discutirlo? ¿Nadie? ¿¡Nadie!?-

La lluvia golpea las puntas blancas de las gastadas astas y empapa el pelaje del ciervo: una escena que me había imaginado muchas veces pero que no imaginaba lo difícil que resultaría. Ya suponía que terminaría completamente calado -como efectivamente ocurrió-, pero disparara con la velocidad que disparara, es increíble lo poco que se aprecian las gotas en las fotos... ¡y estaba cayendo la mundial!

 En el clímax de la tormenta, el macho empieza a trotar de un lado a otro. Expulsa a un joven rival y persigue a un grupo de hembras... ¡del ejercicio, está tan caliente que cuando ruge exhala una bocanada de vaho espectacular! Estar ahí, sólo, en el frío de un robledal centenario, escuchando cómo el bramido corta el repiqueteo de la lluvia te recuerda lo frágiles y débiles que realmente somos!

Y para hacer honor al impredecible clima inglés, la tormenta desaparece tan rápido como llegó y un rojo atardecer corona las siluetas de los robles... ¡y de dos (ya familiares) astas!


Ya había empezado a ulular el cárabo local y todavía seguían los grandes machos bramando en la oscuridad. El día terminaba como había empezado: ¡como un día de bramidos!


P.D. En realidad éste es solo un resumen de parte del viaje. En breve terminaré una edición de vídeo con los "grandes hitos", ¡así que estad atentos al blog!